
Con motivo del triste fallecimiento de nuestro Académico Honorario Supernumerario, D. Guillermo Santacruz Sánchez de Rojas, desde la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo, deseamos expresar nuestro más profundo pesar por esta pérdida. Sirva este obituario, escrito por Hilario Rodríguez de Gracia, como humilde homenaje en el día de su fallecimiento:
En la festividad del Corpus Christi ha fallecido en Madrid don Guillermo Santacruz Sánchez de Rojas. Había nacido en Mora en 1930, en el seno de una familia de industriales que, con el paso del tiempo, constituyeron una sociedad nominada Vinícola-Oleícola, S.A., aunque siempre fue conocida popularmente como «la Fundición». Aquella empresa, se fue convirtiendo al paso de los años en uno de los principales motores económicos de la localidad y en una referencia del sector metalúrgico a nivel regional. La Fundición marcó el entorno familiar en el que transcurrieron sus primeros años.
Sin embargo, don Guillermo no siguió el camino empresarial trazado por su familia. Su vocación se orientó hacia la técnica y la arquitectura. Tras cursar el peritaje industrial en la especialidad de Electricidad, amplió su formación en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, donde obtuvo el grado de doctor en Arquitectura y ejerció durante algunos años la docencia universitaria como matemático. Aquel tiempo de formación y docencia contribuyó a moldear una personalidad rigurosa y reflexiva, dotada de una sólida preparación técnica y de una sensibilidad poco común hacia el patrimonio histórico y urbano.
Asentado profesionalmente como arquitecto municipal en esta ciudad Patrimonio de la Humanidad, a lo largo de más de tres décadas proyectó y dirigió numerosas obras, tanto para las administraciones públicas como para una clientela privada cada vez más amplia, atraída por el prestigio y la solvencia técnica de su trabajo. Algunas de sus realizaciones más conocidas continúan formando parte del paisaje cotidiano de los toledanos, desde la antigua sede de la Caja de Ahorros Provincial y su Centro de Cálculo hasta el edificio que hoy ocupa Eurocaja Rural en la calle Méjico. Especial mención merece la antigua sede del Banco de Santander en la plaza de San Agustín, una de las obras donde mejor plasmó su sensibilidad estética y su profundo aprecio por los oficios tradicionales. En aquel proyecto quiso integrar el trabajo de los artesanos locales, convencido de que la arquitectura no debía limitarse a levantar edificios, sino contribuir también a preservar y dignificar algunas de las manifestaciones más genuinas del patrimonio artístico de la ciudad, como la rejería o los artesonados.
Como arquitecto fue además un decidido impulsor del desarrollo urbanístico de la capital regional. Participó activamente en los debates sobre su crecimiento y defendió siempre la necesidad de armonizar modernidad y conservación patrimonial, consciente de que una ciudad histórica exige soluciones capaces de respetar el pasado sin renunciar al futuro. Curiosamente, siempre puso en duda la existencia de un estilo mudéjar. Esa preocupación encontró también cauce en una intensa actividad cultural. Miembro numerario de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo, donde ocupó la medalla XVI y alcanzó hace un poco más de un mes la condición de Académico Honorario Supernumerario, desarrolló en ella una destacada labor intelectual desde su ingreso en 1968. Su discurso de recepción, titulado Toledo entre el pasado y el futuro, constituyó una auténtica declaración de principios. En las páginas de la revista Toletvm, órgano de difusión de la Real Academia, quedaron reflejadas muchas de las ideas que guiaron su actuación profesional. En sus opiniones siempre tuvo presente que era una ciudad capaz de afrontar los retos de la modernidad sin renunciar a la memoria que la había convertido en una urbe singular.
Quienes tuvimos la fortuna de conocerle sabemos que tras el acreditado arquitecto y el académico respetado existía además un hombre de conversación brillante, extraordinariamente culto y siempre dispuesto a compartir conocimientos y experiencias. Durante años publicó una reseña sobre diversos aspectos relacionados con su profesión y la cultura en la sección toledana del periódico ABC. No menos valiosa fue su afición por la filmación en formato Super-8 de numerosos acontecimientos a los que acudió. Con muchos metros de tomas, ahora convertidas en vídeos, dejó un extraordinario testimonio de numerosos hechos urbanos, sociales y culturales, entre ellos la grabación del Corpus de 1967. Buena parte de ese legado se conserva hoy en los fondos digitales de la Real Academia (Filmoteca Histórica Toledana) y constituye una fuente documental de enorme valor para reconstruir la memoria visual y colectiva de varias generaciones de toledanos
En mi caso, además de la amistad que nos unió durante años y de nuestra común condición de paisanos, siempre admiré la firmeza de sus convicciones, la claridad de sus razonamientos y la serenidad con que defendía sus posiciones. Con algunos desacuerdos, bien es verdad. Me llamó siempre la atención de su fisonomía que, aunque bastante serio en su expresión, a sus palabras acompañaba con frecuencia una sonrisa apenas insinuada, cargada de inteligencia y de una fina ironía que revelaba tanto su agudeza como su profundo conocimiento de las personas y de la vida.
Con el fallecimiento del arquitecto y académico Santacruz desaparece una de esas personas que, sin buscar protagonismo, terminan formando parte inseparable de la historia de la ciudad a la que dedicaron su vida. Su trayectoria profesional, su compromiso con el patrimonio, su participación en la vida social y cultural, y su visión del urbanismo dejaron una huella profunda que aún puede rastrearse en calles, edificios e instituciones. Su defunción pone fin a una existencia, pero no necesariamente al recuerdo. Permanecen las obras, los testimonios, las enseñanzas y el ejemplo de quienes dedicaron su vida a construir algo valioso para los demás. En el caso de Guillermo, permanece también una manera de entender la arquitectura como servicio público, la cultura como compromiso cívico y la amistad como ejercicio de lealtad y generosidad.
A sus hijos y demás familiares de Mora hago llegar, al igual que la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo, mis más sinceras condolencias. Toledo pierde hoy a uno de sus arquitectos más comprometidos y a uno de sus académicos más bienquistos. Su obra, no me cabe la menor duda, seguirá dialogando con la ciudad durante mucho tiempo, manteniendo viva la memoria de quien contribuyó decisivamente a comprenderla, preservarla y hacerla crecer.
* Hilario Rodríguez es académico numerario de la Rabacht




